Las zapatillas estaban impregnadas, fatalmente, de mis vivencias. En realidad, durante aquel último año las había llevado cada día. Con aquellas zapatillas había saltado el muro de la parte posterior de mi casa, había cruzado el callejón pisando excrementos de animales e incluso me había metido en el pozo. No era extraño que estuvieran sucias y gastadas. Pensándolo bien, no había vuelto a fijarme en qué zapatos me ponía desde que había dejado el trabajo. Pero ahora, al mirarlas, tuve conciencia vívida de lo solo que me había quedado, de lo apartado que estaba del resto del mundo. Pensé que había llegado el momento de comprarme un par de zapatos nuevos. Estaban hechas un asco.
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