L’union fait la force

enero 13, 2012 • Publicado en Arte• Punto de Vista

La ciudad de Kwan-Si -dijo el mensajero-, si tenía forma de cerdo que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!

El corazón del mandarín se encogió como un fruto otoñal en un viejo árbol.

-¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán, los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego, que todo lo conquista.

-No -dijo un suspiro como un copo de nieve detrás de la cortina de seda1-.

-No -dijo el sorprendido mandarín-.

-Dile a los constructores -dijo el susurro que era como una gota de lluvia- que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.

El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio de su corazón.

-Y con ese lago -dijeron el susurro y el viejo- ¡Apagaremos el fuego para siempre!

La alegría ilumino a la ciudad que había sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente, pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior, habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban un poco mas débiles y eran un poco más pobres.

Desde entonces los días se sucedieron horribles y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles cajas.

-Oh, emperador -gritó entonces el mensajero- ¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá nuestro lago!

-Entonces -dijo el Emperador de pie, muy cerca de la cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja que coserá esa boca!

-¡Emperador! -dijo el mensajero- ¡Transformaron sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!

El emperador se mantenía en pie agarrándose desesperadamente a la cortina de seda.

-¡Entonces cambiad las piedras, que se transformen en una vaina para guardar la espada!

-¡Misericordia! -lloró el mensajero a la mañana siguiente- Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla en un rayo que destruirá la vaina.

La enfermedad se extendió por la ciudad como una jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población, que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas, se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina era débil también ahora, y lánguida, como el viento en los aleros.

-Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.

Como una máquina enmohecida la ciudad empezó a detenerse.

Al fin el susurro tras la cortina rogó:

-En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!

El último día de verano cuatro hombres hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo, a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos invernales. Una voz dijo:

-Terminemos esto.

El viejo asintió.

-Esto no puede seguir -dijo la débil voz-. Nuestra gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar, amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.

-Así es -dijeron los mandarines de las ciudades de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y otras cosas.

-Llevadnos a la luz del sol -dijo la voz-.

Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.

La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.

-Mirad -dijo-.

-No hay más que cometas -dijeron los dos viejos-.

-Pero que es una cometa en el suelo -dijo ella-, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?

-¡El viento, por supuesto! -dijeron los otros-.

-¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?

-Una cometa, por supuesto…, muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo. ¡Cometas de colores, que vuelen!.

-Sí -dijo la hija del mandarín-. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.

Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.

Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.

Así sea. -dijo el mandarín junto a la cortina de seda-.

Extracto de La Dorada Cometa, el Plateado Viento de Ray Bradbury.

  1. La hija del mandarín se ocultaba detrás de la cortina para recomendar a su padre durante los concejos en los que se planeaban las modificaciones a la muralla en su batalla simbólica contra la ciudad vecina.

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