Uno de los reclamos más comunes que hacen los turistas a los manizaleños es que no conocemos el parque de los nevados, y no les hace falta razón al decirlo. Hará un año me encontré con unos visitantes de Bogotá en una tienda junto a la carretera en dirección al parque, estaban preguntando sin pudor por todo lo que se supone que un ‘local’ debe saber; al final solo contesté un par de preguntas y si no hubiese sido por una revista turística que tenía a mano habría sido un total fracaso como guía turístico. En mi defensa alego que existe una realidad que los manizaleños no contamos muy a menudo sobre el viaje a los nevados, en parte porque sabemos que es un golpe a nuestra industria sin chimeneas, y por otro lado porque es un golpe a nuestra dignidad como locales; sabemos perfectamente que el viaje a los nevados es un viaje que se hace una sola vez en la vida. Las condiciones no son aptas para los que -al igual que yo- tienen un mal estado físico, y al concluir el viaje no queda ánimo suficiente para volver a repetirlo, hasta que algún foráneo de visita nos arrastre de nuevo al reino del condor, un reino donde no hemos vuelto a ver al rey en mucho tiempo.

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