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El desierto de la Tatacóa

Poco después de las 7 de la mañana viajaba con una botella de agua y una abundante capa de protector solar, bajo un cielo nublado que auguraba un día fresco. Las caminatas por el desierto se deben iniciar lo más pronto posible para concluir antes que el calor del medio día haga insufribles las jornadas.

Desde Villavieja hasta los recorridos turísticos del desierto hay unos 17 Kms de carretera, la mayor parte se hace sobre una vía sin pavimentar que va zigzagueando entre fincas ganaderas que según cuentan los locales antes estaban dedicadas a la agricultura. Pero el cambio climático ha hecho que las tierras que antes servían para el cultivo hoy en día solo sirvan para el pastoreo, y peor aún, a pesar de tratarse de extensiones inmensas de tierra no es posible tener un número significativo de animales porque el agua es tan escasa que en temporadas de calor el abastecimiento disponible en los ‘jagüey’ -así le dicen a los abrevaderos acá- no alcanzarían para un lote numeroso.

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El estrecho del Magdalena

Era hora de almuerzo al salir del parque arqueológico, así que pregunté por un restaurante en San Agustín dónde probar la cocina tradicional de la zona. El sitio recomendado fue El Fogón, un restaurante ubicado justo antes de la esquina donde se toma la carretera hacia el estrecho del Magdalena, en donde preparan un lomo de cerdo genial.

A 20 minutos de San Agustín se encuentra el cañón por donde baja uno de los ríos más importantes de Colombia. El Magdalena nace en la estrella fluvial del macizo colombiano, en donde también nacen los ríos Cauca, Patía y Caquetá. Al pasar por el punto conocido como el estrecho, el río tiene que atravesar por un estrato rocoso, lo que obliga al caudal del Magdalena -que ya tiene varios metros de ancho- a pasar por un espacio de apenas dos metros, produciendo un estruendo ronco constante, como si se tratara del ronroneo de un felino superdesarrollado.

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El Parque de los Nevados

Uno de los reclamos más comunes que hacen los turistas a los manizaleños es que no conocemos el parque de los nevados, y no les hace falta razón al decirlo. Hará un año me encontré con unos visitantes de Bogotá en una tienda junto a la carretera en dirección al parque, estaban preguntando sin pudor por todo lo que se supone que un ‘local’ debe saber; al final solo contesté un par de preguntas y si no hubiese sido por una revista turística que tenía a mano habría sido un total fracaso como guía turístico. En mi defensa alego que existe una realidad que los manizaleños no contamos muy a menudo sobre el viaje a los nevados, en parte porque sabemos que es un golpe a nuestra industria sin chimeneas, y por otro lado porque es un golpe a nuestra dignidad como locales; sabemos perfectamente que el viaje a los nevados es un viaje que se hace una sola vez en la vida. Las condiciones no son aptas para los que -al igual que yo- tienen un mal estado físico, y al concluir el viaje no queda ánimo suficiente para volver a repetirlo, hasta que algún foráneo de visita nos arrastre de nuevo al reino del condor, un reino donde no hemos vuelto a ver al rey en mucho tiempo.

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Las altas cumbres