Manaure es tal cual uno se la imagina, un pueblo pequeño al borde del mar, con playa y unas piscinas donde se evapora el agua y quedan montones de sal por todas partes. Algunos de nosotros a manera de rito dejamos nuestro ‘bulto de sal’, como si se tratara de apenas un granito. Caminamos un rato viendo las piscinas de sal y de pronto a lo lejos se formó una nube de niños, creo que conté 20 que en tropel corrían en nuestra dirección. Sin dar más espera nos montamos al carro y arrancamos, porque nos dio pánico escénico de solo pensar en aquel montón de niños estirando la mano y gritando ‘mil’.

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