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Unos agujeros en Siberia

«La liberación de metano en esas regiones inaccesibles, parece indicar que la capa de permafrost está comenzando a perforarse, lo que permite escapar al gas. Hemos encontrado niveles elevados de metano en la superficie del mar y aún más a ciertas profundidades.» – Örjan Gustafsson

Comic tomado de Cyanide & Happiness y cita tomada del artículo en Wikipedia sobre la Hipótesis del fusil de clatratos.

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Licencia de desarrollador requerida

Poco tiempo después —era una tarde especialmente calurosa— Momo encontró una muñeca en las escaleras laterales del anfiteatro.

Ya había pasado varias veces que los niños olvidaban y dejaban tirado alguno de aquellos juguetes caros, con los que no se podía jugar de verdad. Pero Momo no recordaba haber visto esa muñeca a ninguno de los niños. Y seguro que se hubiera fijado, porque era una muñeca muy especial.

Era casi tan grande como la propia Momo y reproducida con tal verismo, que se la hubiera tomado por una persona pequeña. Pero no parecía un niño o un bebé, sino una damisela elegante o un maniquí de escaparate. Llevaba un vestido rojo de falda corta y zapatitos de tacón.

Momo la miraba fascinada. Cuando al cabo de un rato la tocó con la mano, la muñeca agitó un par de veces los párpados, movió la boca y dijo con voz rara, como si saliera de un teléfono:

—Hola. Soy Bebenín, la muñeca perfecta.

Momo se retiró asustada, pero entonces contestó, casi sin querer.

—Hola; yo soy Momo.

De nuevo, la muñeca movió los labios y dijo:

—Te pertenezco. Por eso te envidian todos.
—No creo que seas mía —dijo Momo—. Más bien creo que alguien te habrá olvidado.

Tomó la muñeca y la levantó. Entonces se movieron de nuevo sus labios y dijo:

—Quiero tener más cosas.
—¿Ah, sí? —contestó Momo, y reflexionó—. No sé si tendré algo que te vaya bien. Pero espera, que te enseñaré mis cosas y podrás decir qué te gusta.

Tomó la muñeca y pasó con ella por el agujero de la pared hasta su habitación. De debajo de la cama sacó una caja con toda suerte de tesoros y la puso delante de Bebenín.

—Toma —dijo—, es todo lo que tengo. Si hay algo que te gusta, no tienes más que decirlo.
Y le enseñó una bonita pluma de pájaro, una piedra de muchos colores, un botón dorado y un trocito de vidrio de color.

La muñeca no dijo nada y Momo la empujó.

—Hola —sonó la muñeca—. Soy Bebenín, la muñeca perfecta.
—Sí —dijo Momo—, ya lo sé. Pero querías escoger algo. Aquí tengo una bonita casa de caracol. ¿Te gusta?
—Te pertenezco —contestó la muñeca—. Por eso te envidian todos.
—Eso ya lo has dicho —dijo Momo—. Si no quieres ninguna de mis cosas, podríamos jugar, ¿vale?
—Quiero tener más cosas —repitió la muñeca.
—No tengo nada más —dijo Momo.

Tomó la muñeca y volvió a salir al aire libre. Allí sentó a la perfecta Bebenín en el suelo y se colocó enfrente.

—Vamos a jugar a que vienes de visita —propuso Momo.
—Hola —dijo la muñeca—, soy Bebenín, la muñeca perfecta.
—Qué amable de venir a verme —contestó Momo—. ¿De dónde viene usted, señora mía?
—Te pertenezco —prosiguió Bebenín—. Por eso te envidian todos.
—Escucha —dijo Momo—, así no podemos jugar, si siempre dices lo mismo.
—Quiero tener más cosas —contestó la muñeca, mientras pestañeaba.

Momo lo intentó con otro juego, y cuando éste también fracasó, con otro, y otro, y otro más. Pero no salía bien. Si la muñeca por lo menos no hubiera dicho nada, Momo habría podido contestar por ella, y habría resultado la conversación más bonita. Pero precisamente por hablar, Bebenín impedía cualquier diálogo.

Al cabo de un rato, Momo tuvo una sensación que no había sentido nunca antes. Y porque le era completamente nueva, tardó en darse cuenta de que era aburrimiento.

— Extracto de «Momo» de Michael Ende.

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Ida y vuelta

«Yo soy Tom Hanks que les dice: ¿Si quieren confiar en un gobierno, por qué no en este?»

Comic tomado de Dilbert y cita tomada de «Los Simpons, la película».

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La realidad dependiente del modelo

El haz de energía permanecía inmóvil, pero los dos terrestres sabían el valor de las apariciones a simple vista. Una desviación en arco de una centésima de milésima de segundo, invisible al ojo humano, era suficiente para apartar el haz de su foco, y convertir centenares de kilómetros cuadrados de la Tierra en incandescentes ruinas.

Y un robot, indiferente al haz, al foco y a la Tierra, a todo menos a su Señor1, era dueño de los mandos.

Las horas pasaron. Los dos hombres seguían mirando en un silencio de hipnosis. La tormenta había cesado.

—Se acabó —dijo Powell con voz incolora.

Donovan había caído en una especie de sopor y Powell lo miraba con envidia. La señal luminosa brillaba una y otra vez, pero ninguno de los dos prestaba atención a ella. Nada tenía importancia. Quizá en el fondo Cutie tuviese razón… y él no era más que un ser inferior con una memoria metódica y una vida que había sobrepasado su propósito.

¡Ojalá fuese así! Cutie estaba ante él.

—No habéis contestado a la señal, de manera que he venido —dijo en voz baja—. No tenéis buen semblante y temo que el término de vuestra existencia no esté lejano. Sin embargo, ¿queréis ver algunas de las anotaciones registradas hoy?

Powell se daba vagamente cuenta de que el robot trataba de mostrarse amistoso, quizá para apagar sus remordimientos, restableciendo a los humanos en el mando de la estación2. Cogió las hojas de papel de la mano que se las tendía y las miró sin verlas.

—Desde luego, es un gran prodigio servir al Señor —dijo Cutie, al parecer satisfecho—. No debéis tomaros a mal que os haya reemplazado.

Powell lanzó un gruñido y siguió recorriendo maquinalmente las hojas de papel hasta que se fijó en una tenue línea roja que cruzaba la hoja.

Miró… y volvió a mirar. Se apoyó con fuerza sobre los puños y se levantó, sin dejar de mirar. Las demás hojas cayeron al suelo, mezcladas.

—¡Mike! ¡Mike! —Sacudió a su amigo furiosamente—. ¡Se mantiene en dirección!

—¿Eh?… ¿Cómo? —preguntó Donovan, volviendo en sí, mirando también con los ojos salidos, la hoja que tenía delante.

—¿Qué ocurre? —preguntó Cutie.

—Te has mantenido en el foco —gritó Powell—. ¿Lo sabías?

—¿Foco? ¿Qué es eso?

—Has mantenido el haz dirigido exactamente a la estación receptora… dentro de una diezmillonésima de segundo de arco.

—¿Qué estación receptora?

—Tierra. La estación receptora es Tierra —balbució Powell—. Has mantenido la dirección del foco.

Cutie giró sobre sus talones, contrariado.

—Es imposible mostrar la menor amabilidad con vosotros. ¡Siempre el mismo fantasma! No he hecho más que mantener todas las esferas en equilibrio de acuerdo con la voluntad del Señor.

Y recogiendo los esparcidos papeles, se retiró secamente; una vez hubo salido, Donovan se volvió hacia Powell y dijo:

—¡Júpiter me confunda!… Bien, ¿y qué hacemos ahora?

—Nada —dijo Powell, cansado—. Nada. Nos ha demostrado que puede dirigir perfectamente la estación. Jamás he visto hacer mejor frente a una tempestad de electrones.

—Pero esto no resuelve nada. Ya has oído lo que ha dicho del Señor. No podemos…

—Mira, Mike, sigue las instrucciones del Señor a través de relojes, esferas, gráficos e instrumentos. Esto es lo que siempre hemos hecho nosotros. En realidad, equivale a negarse a obedecer. La desobediencia es la Segunda Ley. No hacer daño a los humanos es la primera. ¿Cómo podía evitar hacer daño a los humanos sabiéndolo o no? Pues manteniendo el haz de energía estable. Sabe que es capaz de mantenerlo más estable que nosotros, ya que insiste en que es un ser superior, y por esto tiene que mantenernos alejados del cuarto de controles. Si tienes en cuenta las Leyes Robóticas, es inevitable.

—Bien, pero no es ésta la cuestión. No podemos consentir que siga con el sonsonete ese del Señor.

—¿Por qué no?

—Porque ¿quién ha oído jamás decir estas tonterías? ¿Cómo vamos a dejar que siga manteniendo la estación si no cree en la existencia de la Tierra?

—¿Puede dirigir la Estación?

—Sí, pero…

—Entonces, ¿qué más da que crea una cosa que otra?

Powell extendió los brazos con una vaga sonrisa de satisfacción y cayó de espaldas sobre la cama. Estaba dormido.

Powell seguía hablando mientras luchaba por endosarse su ligera chaqueta del espacio.

—Será muy sencillo. Puedes traer nuevos modelos QT uno por uno, los equipas con un conmutador de lanzamiento automático que actúe en el plazo de una semana, como para darles tiempo de aprender… el… el culto del Señor, de boca del mismo Profeta; después los conmutas con otra estación para revitalizarlos. Podemos tener dos QT por…

Donovan levantó su visor de glasita y se rió.

—Cállate y vámonos de aquí. El relevo espera y no estaré tranquilo hasta que sienta la superficie de la Tierra bajo mis pies…, sólo para estar seguro de que realmente existe.

La puerta se abrió mientras estaba hablando y Donovan volvió a cerrar inmediatamente el visor de glasita, volviéndose enojado hacia Cutie.

El robot se acercó a ellos lentamente.

—¿Os vais? —preguntó con una nota de pesar en la voz.

—Vendrán otros en nuestro lugar —respondió Powell.

—Vuestro tiempo de servicio ha terminado y la hora de la disolución ha llegado —dijo Cutie con un suspiro—. Lo esperaba, pero… En fin, la voluntad del Señor debe cumplirse…

—Ahorra tu compasión —saltó Powell, indignado por el tono resignado de Cutie—. Nos vamos a la Tierra, no a la disolución.

—Es mejor que lo creáis así —suspiró nuevamente el robot—. Ahora comprendo la cordura de la ilusión. No quisiera tratar de conmover vuestra fe, aunque pudiese. —Y se marchó, convertido en la imagen de la compasión.

Powell se echó a reír y se dirigió hacia Donovan. Con las maletas cerradas en la mano, se encaminaron hacia la compuerta neumática.

— Extracto de «Yo, Robot» de Isaac Asimov.

  1. El robot se había proclamado a si mismo profeta de la verdad que a partir de su lógica había deducido como explicación de su existencia.
  2. El robot había sido diseñado para administrar la estación espacial, pero aun no estaba certificado para ese trabajo. Los «terrestres» administrarían la estación mientras se avalaba que Cutie estuviera en capacidad de reemplazarlos, pero el robot los había separado de sus funciones al establecer que los humanos estaban menos capacitados para servir al «Señor» que él.
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Mecánica cuántica

Al otro lado de la puerta había una especie de sala de visitas. Con un tresillo de cuero de apariencia confortable y, al lado, un perchero de madera y una lámpara de pie de estilo antiguo. En la pared del fondo se veía una puerta que debía de conducir a la habitación contigua. Junto a la puerta había un sencillo escritorio de roble arrimado a la pared. Sobre el escritorio, un ordenador grande. Delante del sofá, una mesa tan pequeña que apenas permitía depositar encima un listín de teléfonos. Por el suelo se extendía una alfombra de un color verde claro cuya tonalidad era muy agradable. Sonaba, a bajo volumen, un cuarteto de Haydn. En las paredes había colgados elegantes aguafuertes de flores y pájaros. La habitación estaba muy ordenada y, a simple vista, se veía limpia. En unas estanterías empotradas se alineaban muestrarios de telas y revistas de moda. Los muebles no eran ni lujosos ni nuevos, pero, apropiadamente envejecidos como estaban, tenían una calidez tranquilizadora.

El hombre me condujo al sofá y me hizo sentar, él tomó asiento detrás del escritorio. Abrió ambas manos y me mostró las palmas indicándome que aguardara. Esbozó una sonrisa para expresar «lo siento» y levantó un dedo en vez de decir «no tardará mucho». Parecía que podía transmitir a su interlocutor lo que quisiera aunque no usara palabras. Asentí con un movimiento de cabeza para mostrarle que lo había entendido. Me daba la sensación de que era vulgar e impropio hablar ante él.

El joven tomó cuidadosamente el libro que estaba junto al ordenador, como si sujetara un objeto frágil, y lo abrió por la página que estaba leyendo. Era un libro grueso y muy negro. Como no llevaba cubierta no podía saber el título, pero desde el instante en que lo abrió, quedó absorto en su lectura. Parecía haber olvidado por completo que yo estaba delante. También a mí me apetecía leer algo para matar el tiempo, pero no había nada. Me conformé con escuchar la música de Haydn (aunque dudaría si me preguntaran si realmente era Haydn) arrellanado contra el respaldo del sofá y con las piernas cruzadas. Era una música que daba la sensación de ser absorbida en el aire y desaparecer conforme sonaba, pero no me desagradaba. En la mesa, aparte del ordenador, había un teléfono negro normal, una bandeja para los lápices y un calendario de mesa.

Yo llevaba ropa parecida a la del día anterior: chaqueta de béisbol, parca, pantalones tejanos, zapatillas de tenis. De hecho me había puesto lo primero que había encontrado. Pero allí, frente a ese joven guapo y aseado en aquella habitación limpia, mis zapatillas de tenis se veían demasiado sucias y gastadas. No, no sólo lo parecían. Realmente estaban sucias y gastadas. Los talones gastados, el color había mudado a gris, incluso tenían un agujero en un costado. Las zapatillas estaban impregnadas, fatalmente, de mis vivencias. En realidad, durante aquel último año las había llevado cada día. Con aquellas zapatillas había saltado el muro de la parte posterior de mi casa, había cruzado el callejón pisando excrementos de animales e incluso me había metido en el pozo. No era extraño que estuvieran sucias y gastadas. Pensándolo bien, no había vuelto a fijarme en qué zapatos me ponía desde que había dejado el trabajo. Pero ahora, al mirarlas, tuve conciencia vívida de lo solo que me había quedado, de lo apartado que estaba del resto del mundo. Pensé que había llegado el momento de comprarme un par de zapatos nuevos. Estaban hechas un asco.

— Extracto de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami