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Cuida la dinamita, muchacho

MAQROLL -Me pregunto qué podría sucederle ahora, de regreso de los inciertos y nefastos territorios en donde llegué a pensar que se hundiría para siempre. Qué pasaría, digo, si, de pronto, se le aparece el barco con el que ha soñado toda su vida.

ABDUL -Antes de contestarle, déjeme hacerle una aclaración que me importa sobremanera. Usted, junto con otros amigos y parientes, insisten en hablar de un descenso cuando se refieren a la reciente fase de mi vida. Yo no lo veo como tal, ni lo he vivido nunca de esa manera. Para mí, ese mundo, dentro del cual viví años cargados de una plenitud incomparable, no está más bajo ni más alto que ningún otro vivido por mí. Darle esa calificación moral es desconocerlo y distorsionar su realidad. En ese trayecto de mi existencia, me encontré con los mismos hombres, arrastrando los mismos defectos y miserias y las mismas virtudes e impulsos generosos, que el resto de los seres, habitantes del supuesto imperio del orden y de la ley. Es más, en el hampa, en la irregularidad y la miseria, que todo es uno, la parte generosa y solidaria de la gente se pone de manifiesto en forma más plena, más honda, diría yo, que en el mundo donde los prejuicios y las represiones y frustraciones son un imperativo de conducta. Pero todo esto lo sabe usted tan bien o mejor que yo. No necesito seguir hablando como un predicador al uso. Respecto a lo del barco que me ha ilusionado siempre, pues, bueno, déjeme decírselo: sí, iría a buscarlo y trataría de adquirirlo porque siento que es algo que me debo a mí mismo. Pero si eso no sucede y el barco no aparece nunca, me daría igual. Ya aprendí y me acostumbré a derivar de los sueños jamás cumplidos sólidas razones para seguir viviendo. Por cierto, Maqroll, que en eso usted es maestro. Qué le voy a contar, por Dios. Mi trame steamer arquetípico no es menos ilusorio que sus aserraderos del Xurandó o sus pesquerías en Alaska.

MAQROLL -En verdad, tiene razón. Creo que tanto usted como yo sabemos siempre de antemano que la meta, en cuya búsqueda nos lanzamos sin medir obstáculos ni temer peligros, es por entero inalcanzable.

Extracto de Diálogo en Belem do Pará de Álvaro Mutis

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En nombre de quien no tienen el gusto de conocer

El fin jamás justificará los medios.

Comic tomado de La Legión del Espacio.

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L’union fait la force

La ciudad de Kwan-Si -dijo el mensajero-, si tenía forma de cerdo que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!

El corazón del mandarín se encogió como un fruto otoñal en un viejo árbol.

-¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán, los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego, que todo lo conquista.

-No -dijo un suspiro como un copo de nieve detrás de la cortina de seda1-.

-No -dijo el sorprendido mandarín-.

-Dile a los constructores -dijo el susurro que era como una gota de lluvia- que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.

El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio de su corazón.

-Y con ese lago -dijeron el susurro y el viejo- ¡Apagaremos el fuego para siempre!

La alegría ilumino a la ciudad que había sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente, pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior, habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban un poco mas débiles y eran un poco más pobres.

Desde entonces los días se sucedieron horribles y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles cajas.

-Oh, emperador -gritó entonces el mensajero- ¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá nuestro lago!

-Entonces -dijo el Emperador de pie, muy cerca de la cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja que coserá esa boca!

-¡Emperador! -dijo el mensajero- ¡Transformaron sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!

El emperador se mantenía en pie agarrándose desesperadamente a la cortina de seda.

-¡Entonces cambiad las piedras, que se transformen en una vaina para guardar la espada!

-¡Misericordia! -lloró el mensajero a la mañana siguiente- Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla en un rayo que destruirá la vaina.

La enfermedad se extendió por la ciudad como una jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población, que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas, se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina era débil también ahora, y lánguida, como el viento en los aleros.

-Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.

Como una máquina enmohecida la ciudad empezó a detenerse.

Al fin el susurro tras la cortina rogó:

-En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!

El último día de verano cuatro hombres hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo, a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos invernales. Una voz dijo:

-Terminemos esto.

El viejo asintió.

-Esto no puede seguir -dijo la débil voz-. Nuestra gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar, amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.

-Así es -dijeron los mandarines de las ciudades de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y otras cosas.

-Llevadnos a la luz del sol -dijo la voz-.

Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.

La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.

-Mirad -dijo-.

-No hay más que cometas -dijeron los dos viejos-.

-Pero que es una cometa en el suelo -dijo ella-, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?

-¡El viento, por supuesto! -dijeron los otros-.

-¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?

-Una cometa, por supuesto…, muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo. ¡Cometas de colores, que vuelen!.

-Sí -dijo la hija del mandarín-. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.

Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.

Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.

Así sea. -dijo el mandarín junto a la cortina de seda-.

Extracto de La Dorada Cometa, el Plateado Viento de Ray Bradbury.

  1. La hija del mandarín se ocultaba detrás de la cortina para recomendar a su padre durante los concejos en los que se planeaban las modificaciones a la muralla en su batalla simbólica contra la ciudad vecina.
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Oceanía, todo para ti

Tamaru trajo una tetera cargada de infusión en una bandeja. La sirvió en dos elegantes tazas y después salió de la habitación y cerró la puerta. La señora y Aomame bebieron tranquilamente la tisana mientras escuchaban la música de Dowland y contemplaban las azaleas del jardín, que habían florecido con una explosión de color. Siempre que iba a aquel lugar, Aomame tenía la impresión de encontrarse en un mundo aparte. El ambiente eras majestuoso y el tiempo fluía de forma especial.

—Al escuchar esta música, de vez en cuando me invade una extraña emoción relativa al tiempo —dijo la anciana, como leyendo la psique de Aomame—. Se dice que hace cuatrocientos años la gente escuchaba la misma música que estamos escuchando ahora. Cuando lo piensa, ¿no tiene una sensación rara?

—Pues sí —contestó Aomame—. Pero, ahora que lo dice, la gente de hace cuatrocientos años también veía la misma Luna que nosotras.

La anciana miró a Aomame un tanto sorprendida. Luego asintió.

—Es cierto. Tienes razón. Viéndolo de esa forma, el hecho de que en un intervalo de cuatrocientos años se escuche la misma música quizá no sea tan extraño.

—Casi la misma Luna, debería decir.

Después de decir eso, Aomame miró a la anciana a la cara. Pero su enunciado1 no pareció despertar ningún interés en ella.

—La interpretación de este cedé está ejecutada con instrumentos antiguos —dijo la anciana—. Utilizaron los mismos instrumentos y la interpretación siguiendo la partitura de aquel entonces. Es decir, parece que la acústica de la música es, más o menos, la misma que la de aquella época. Igual que la Luna.

—Aunque la cosa sea la misma, supongo que la manera de entenderla ha cambiado mucho con respecto a ahora. La oscuridad nocturna de aquel entonces era más profunda y sombría, y la Luna brillaría con más fulgor, más grande. Y ni qué decir tiene que esa gente no disponía ni de discos, ni de casetes, ni de cedés. No podían permitirse escuchar a diario, cuando les viniera en gana, música tan bien ejecutada. Era algo muy especial.

—Efectivamente —reconoció la anciana—. Como vivimos en un mundo tan cómodo, nuestra sensibilidad ha languidecido. Aunque la Luna en el cielo sea la misma, nosotros tal vez veamos algo diferente. Hace cuatro siglos, seguro que hubiéramos poseído un espíritu más rico y próximo a la Naturaleza.

—Pero aquel era un mundo cruel. Más de la mitad de los niños perdían la vida antes de llegar a la edad adulta, a causa de infecciones crónicas y deficiencias nutritivas. La gente iba muriéndose como si nada por la polio, la tuberculosis, la viruela o el sarampión. Entre la plebe, no debía de haber muchos que pasaran los cuarenta años. Las mujeres daban a luz a numerosos niños, a los treinta ya se les caían los dientes y se convertían en abuelas. A menudo, para sobrevivir, la gente tenía que recurrir a la violencia. A los niños se les imponían trabajos penosos que les causaban deformaciones en los huesos, y la prostitución de niñas era algo habitual. Quizá también de niños. Mucha gente vivía al límite, en un mundo ajeno a la sensibilidad y a la riqueza espiritual. Las calles de las ciudades estaban infestadas de discapacitados, mendigos y delincuentes. Los que podían sentir emociones profundas, contemplar la Luna, admirar obras de Shakespeare y escuchar la bella música de Dowland seguramente era una pequeña porción de la gente.

La anciana sonrió.

—Eres una mujer realmente interesante.

—Soy una persona del montón. Solo que me gusta leer. Sobre todo, libros de historia —dijo Aomame.

—A mí también me gustan los libros de historia. Me enseñan que, tanto antes como ahora, seguimos siendo básicamente los mismos. Aunque la forma de vestir o de vivir se diferencie un poco, aquello en lo que pensamos y que realizamos apenas cambia. El ser humano, en resumidas cuentas, sólo es un portador de genes, no es más que una vía. Esos genes van pasando de época en época a través de nosotros, como si corrieran en caballos hasta reventarlos. Y no se pueden juzgar en términos de bueno o malo. Podemos tener suerte con ellos o no, pero de eso ellos no saben nada. Nosotros tan sólo somos un medio. Ellos únicamente tienen en cuenta lo que les resulta más eficaz para sí mismos.

—Sin embargo, nosotros sí que nos tenemos que juzgar en términos de bondad o maldad. ¿No le parece?

La anciana asintió.

—En efecto. Tenemos que juzgarnos. Pero los que rigen los fundamentos de nuestra vida son los genes. Naturalmente, ahí se produce una contradicción —dijo la anciana, y sonrió.

La conversación sobe la historia se terminó en ese punto. Ambas bebieron lo que les quedaba de infusión y pasaron al entrenamiento de artes marciales.

— Extracto de 1Q84 de Haruki Murakami

  1. Es prudente mencionar que el mundo que habitaba Aomame en este pasaje era, en cierta forma, diferente al que recordaba, y por ello hacía énfasis en algunas palabras para ver si lograba conseguir información sobre aquellos aspectos que diferían con sus recuerdos. Para el caso particular, trataba de conseguir información sobre la extraña segunda Luna que ahora iluminaba el cielo nocturno.
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Un hombre necesita su espacio

…excepto cuando no necesita su espacio.

Comic tomado de Abstruse Goose.