La humanidad reivindicada

febrero 27, 2010 Publicado en Punto de Vista
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Cuando escribí hace un tiempo que creía en la humanidad pero desconfiaba de las personas nunca pensé que sería tan difícil explicar lo que trataba de decir. Aun no he encontrado las palabras justas para que me entiendan, pero de vez en cuando encuentro situaciones que renuevan mi fe en la capacidad de la humanidad para lograr lo sublime. Las dos historias que relaciono a continuación las escuche al interior del grupo de investigación de Colciencias y la Universidad Nacional al que acompañé como fotógrafo en una salida de campo por los cementerios de Riosucio.

La primera historia fue narrada mientras observaba las lápidas blancas que se ubican al costado oriental del cementerio. Los seres humanos cuyos despojos yacen bajo estas losas corrieron con el infortunio del olvido, nadie supo decir sus nombres, nadie supo decir de dónde eran o para donde iban, nadie supo decir que hacían, ni sus sueños, ni su vida, y aun así un grupo de gente del pueblo decidió que aquellos rostros sin nombre no quedarían en el olvido y tomaron la causa de los amordazados para asegurarles un entierro con el mismo cuidado que si se tratara de un conocido o un amigo. Si bien su actuar se funda en los valores devotos que procuran darle cristiana sepultura a los caídos en desgracia, su actuación va más allá del aspecto religioso y libra del olvido colectivo a los que quedaron en la ignominia. Ya hay casos documentados en los que algunos de estos olvidados han salido del anonimato gracias a los registros que guardan los Centinelas Voluntarios con las marcas que algún día servirían para identificar a los desaparecidos, datos que se tomaron con la esperanza de tal vez algún día cambiar las escuetas iniciales Nomen Nescio por un nombre que recuperara del olvido a las personas bajo las lápidas blancas.

La segunda historia se desarrolla del otro lado de la reja que separa el cementerio del muladar, la zona reservada para aquellos a quienes los sacerdotes católicos de antes de mediados del siglo XX catalogaban como indignos de ocupar el camposanto en conjunto con los demás feligreses a la espera de la vida eterna. Es allí donde se encuentra la tumba en ruinas de Belén Valencia, separada del resto de la comunidad por haber ejercido la profesión de ‘pecadora pública‘, según consta en su acta de defunción, lo que traducido al español claro del que al parecer no gustaban por aquellos días transcribiría ‘prostituta‘. Las historias del pueblo cuentan que Belén era una persona piadosa que acostumbraba compartir parte de sus ingresos con los pobres, caridad que entregaba en forma de mercados para los más necesitados. No supe si estas acciones se debían a su convicción como ser humano o porque buscara el perdón divino al saber que su profesión era mal vista por la sociedad de aquel entonces y en especial por los representantes de la Iglesia Católica, regidos por el concilio Vaticano I.

El caso es que la pobre Belén a pesar de tratarse de una persona piadosa estuvo desterrada en el muladar por cerca de medio siglo, hasta que en 2008 un grupo de notables de Riosucio cambió su lugar de reposo eterno. Belén fue sepultada en predios del camposanto y la tumba en el muladar quedó vacía como recuerdo de los difíciles tiempos que vivió la humanidad.

Por fortuna aquellos tiempos han quedado atrás, y ahora la humanidad entiende las palabras del Rabí de Galilea cuando enseñaba que el amor y el perdón son fundamentales para una vida bienaventurada. Extrañamente los que condenaron a Belén al destierro también decían seguir las enseñanzas de Jesús.

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