Postludio / La Colombia del Litoral

octubre 4, 2009 Publicado en Punto de VistaViajes
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El Pacífico y el Caribe colombianos tienen lugares tan hermosos que convocan a turistas y artesanos. Son “lugares bellos para recargarse y buscar inspiración” como diría una artesana estadounidense que conocí en Capurganá.

Por estas playas abundan las historias de citadinos que aburridos con la vida de ciudad deciden cambiar todo por una cabaña junto al mar. Los que llegaron para quedarse saben que habitan el lugar correcto, aunque no hayan alcanzado una vida paradisíaca, y oírlos narrar sus historias es fascinante por la seguridad con que hablan de su decisión, hasta el punto en que uno como interlocutor se siente permeado por el proceso transformador que vivieron para “tomarla con calma”, norma epítome en este rincón del planeta. El tiempo acá no se afana, y sería sacrílego acelerarlo.

Hasta la música suena diferente acá. No es lo mismo un vallenato en un jeep camino a Chinú o un porro almorzando junto al golfo en Tolú, que el mismo porro o vallenato en Cali, Bogotá o Medellín. No sé si será que al final uno se acostumbra, o si esta realidad hace que uno entienda la música y el ritmo de otro modo. Jamás he soportado más de media hora de vallenatos o porros, pero en el litoral colombiano suenan tan bien que aprendí a escucharlos, y ahora no cambio de emisora si por azar suena un aire tradicional -que no comercial-.

Este rincón al noroccidente de Colombia es tan rico en biodiversidad y cultura que aun después de siglos de rapiña sigue siendo rico en posibilidades. El turismo es una de ellas. Los turistas extranjeros, aveces con tan solo un conocimiento básico del español, recorren estas playas embrujados por el encanto del mar y la amabilidad de los colombianos. Para ellos somos unos magos capaces de borrar con una sonrisa el sufrimiento de años de violencia.

Los habitantes del Chocó esperan por los permisos para desarrollar el potencial de su departamento, pero desde el interior de Colombia los tratamos en la misma forma como los países industrializados tratan a los países en vías de desarrollo, negándoles el desarrollo para proteger, aunque sea un poco, el futuro que hoy parece dilapidado en la carrera por el desarrollo mismo. Ante estos límites, Chocó deberá buscar una opción para crecer dentro de estos márgenes impuestos desde afuera. La respuesta la han encontrado en su potencial turístico y de biodiversidad. Saben que por todo el mundo hay clientes dispuestos a pagar por la protección del medio ambiente, la recolección de datos estadísticos de fauna y flora, y por hacer turismo de protección ambiental. En las playas del Pacífico chocoano, los grupos de voluntarios salen en las noches a buscar nidos de tortugas para llevarlos a los tortugarios en donde protegerlos de los depredadores, recolectan la información sobre las nidadas, y llevan a los turistas en jornadas de protección ambiental. El Chocó tiene cientos de historias como esta, solo faltan las empresas que sepan manejar los recursos de biodiversidad del Chocó y convertirlos en ingresos para sus pobladores.

En otro lugar de esta región están las sabanas de Sucre y Montería, cuna de uno de los símbolos ancestrales que identifica a Colombia ante el mundo, compañero de los habitantes de la sabana desde hace 3500 años cuando según la leyenda de la cultura zenú se hizo el primer sombrero vueltiao, y ahora también compañero de los colombianos nativos y de los colombianos de corazón. Hoy en día la belleza de la técnica del tejido de la cañaflecha, la misma técnica aplicada en la construcción de los sombreros vueltiaos, ha ingresado en el mercado de los accesorios. Las obras de los artistas sabaneros se venden por todo el mundo.

Estas llanuras también son el ecosistema donde crecen los cauchos guacarí, árboles gigantes que extienden sus ramas hasta abarcar un área de casi 4300 m². El más famoso de estos árboles crece en las proximidades de la población de San Marcos, y sus habitantes lo conocen como “el árbol de la moneda” debido a una falta de precisión en la moneda de $500. Uno experimenta una sensación de asombro absoluto ante la grandeza absoluta al caminar bajo la sombra de este gigante. En lo personal solo atiné a exclamar “Dios mio, estoy hablando con Dios”, olvidando de un solo golpe todos mis años de racionalismo.

Todas estas historias mágicas abundan por estas tierras de ensueño, y uno se va llenando de algo luminoso hasta sentir que las preocupaciones que amargan la vida son insignificantes. Un letrero en la playa de isla Múcura sentencia que si bien aun no conocemos una buena definición de la palabra alma, sí podemos saber cuándo la estamos sintiendo (Albert Schweitzer). Eso describe muy bien lo que significa recorrer el litoral colombiano.

Nota posterior: pocos días después de concluir este periplo, presentaron en televisión una serie de documentales sobre las poblaciones de Chocó. Lo interesante es que en esta oportunidad alcancé a reconocer en la pantalla varias casas, calles, muelles y parques que antes solo habrían sido un punto en el mapa y una imagen en la pantalla. Desde hace ya tiempo sospecho que solo nos quedamos en el repudio a las noticias porque nos sentimos resguardados tras la distancia que hay hasta los lugares donde pasan estos hechos. Ahora que caminé por las calles de Riosucio, en el Chocó, mi percepción sobre lo lejos que están estos pueblos cambió. Hoy los llevo conmigo a donde vaya.

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