Un espacio común

septiembre 18, 2009 Publicado en Punto de VistaViajes • Ver en Panoramio
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La playa al sur de El Valle, en el Chocó, se extiende por casi 8 Km, y sus arenas se precian por estar dentro de las preferidas por las tortugas para desovar. Todas las noches un grupo de voluntarios recorre sus arenas buscando nidos de tortuga, anotando sus medidas y profundidad, cuan compacta queda la arena con que la madre cubre el nido, y su posición con respecto al mar y la jungla. Con estos datos los voluntarios replican un nido artificial con características similares en las zonas de los tortugarios, y los protegen con una red para cuidar de los depredadores a los recién nacidos. Al eclosionar las tortugas quedan entre la malla protectora por unas horas hasta que vuelvan los voluntarios, afianzando así las tortugas recién nacidas sus pasos en la arena, para luego ser llevadas a los estanques donde darán sus primeras brazadas. Este proceso busca darle a la nueva generación de tortugas una mayor probabilidad de sobrevivir en los arriesgados primeros días de sus vidas.

Las tortugas después de poner sus huevos y tapar el nido, regresan al mar, dejando a la arena de la playa el trabajo de darles calor a los huevos. Este sistema ha cumplido con su objetivo por millones de años, pero en los últimos siglos, la presencia de especies no endémicas ha puesto en riesgo este ciclo natural. Los humanos no se conforman con solo los huevos que necesitan para alimentarse, sino que se llevan el nido completo para venderlo. Infortunadamente la clara de los huevos de tortuga no se cocina como lo hace la clara de los huevos de gallina, por lo que es común descartar la clara al cocinar un huevo de tortuga. Esto hace que se requieran casi 4 yemas de huevos de tortuga para alcanzar a suplir tan solo un huevo de gallina.

Los voluntarios del grupo de conservación de tortugas han invertido tiempo y esfuerzo para salvaguardar una especie que está en riesgo, pero las luces de los barcos pesqueros industriales en el horizonte son un duro golpe a su moral. Saben que estos barcos arrastrarán entre sus redes varias tortugas que quedarán malheridas y con baja expectativa de vida. Estos barcos industriales con banderas de Ecuador, Perú, Chile, Panamá y hasta Venezuela llegan con permisos expedidos desde Bogotá, y muchas veces en forma impune desobedecen las leyes de pesca que obligan a los barcos industriales a respetar una franja de mar que corresponde a la zona de los pescadores artesanales. La pesca desmedida en este sector ha disminuido la cantidad de pesca a la que pueden acceder los pescadores artesanales, en comparación con temporadas pasadas.

Ante estas situaciones los pescadores artesanales han formado grupos interinstitucionales con los cuales tratar de unificar posturas ante los gobiernos departamental y nacional. Aun les queda un largo camino por recorrer, incluso en contra de las políticas nacionales definidas para el departamento de Chocó. Según pude notar en el poco tiempo que compartí con la gente del Gipa (Grupo interinstitucional de pescadores artesanales) y del grupo de conservación de tortugas, el Chocó es a Colombia lo que los países en vías de desarrollo son a los países desarrollados, y la peor parte se la llevan el mar y la población del litoral pacífico.

A pesar de estas contrariedades los lugareños siguen protegiendo las tortugas, porque saben que cada vez que una nidada eclosiona, un cardumen de peces se arremolina en la zona. El proceso natural ayuda un poco a mejorar sus ya diezmadas opciones de conseguir una mejor pesca.

Al mismo tiempo que visitaba las playas de El Valle, un grupo de representantes de Parques Naturales de Colombia dictaba a los voluntarios un curso para el manejo de los protocolos de monitoreo de nidos de tortugas. En la charla en que estuve presente escuché las propuestas de los funcionarios de Parques Naturales y de ellas deduje que la intensión que tenían para integrar el grupo a la red de planes era hacer presencia en ese lugar y conseguir que los parques y planes del departamento del Chocó, en la actualidad bajo dirección de la seccional de Medellín, pasaran a estar bajo control de la seccional de Cali. En toda la charla los escuché hablar de lo importante que sería unificar a los parques y planes del pacífico bajo una misma dirección, pero nunca escuché que les ofrecieran alguna opción real. Mas recursos para Cali, pero ninguna respuesta a las inquietudes de los voluntarios.

En el grupo estaba también una estudiante de una universidad departamental, adelantando el proceso de definición de protocolos para contabilizar los huevos, nidos y especies, un trabajo que bien dirigido podría ser la respuesta a las inquietudes de los voluntarios. Al final de la charla los voluntarios en su lenguaje sincero, franco y claro dijeron que sentían que trabajaban con las uñas y que este trabajo no les representaba ganancia alguna, y que prueba de ello era que quienes venían a hablar con ellos eran tan solo unos empleados sin poder de decisión. Concuerdo con los voluntarios, Parques Naturales no parece ser el socio estratégico que este grupo de voluntarios necesita.

Creo que el paso de la creación del protocolo con el cual monitorizar la información sobre el nacimiento y salud de la población de tortugas puede ser el primero hacia la búsqueda de entidades que deseen comprar esa información, como universidades o centros de investigación, y de paso conseguir un convenio con alguna ONG que esté dispuesta a pagarles un sueldo a estas personas que trabajan por el futuro de las tortugas. Incluso como proyecto social es interesante, porque todo pescador que ha salvado una tortuga no volverá a cazar por gusto sino por necesidad, como lo demuestra el refugio de fauna silvestre apadrinado por los cazadores de El Valle.

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