Juanchaco y Ladrilleros

septiembre 12, 2009 Publicado en Punto de VistaViajes • Ver en Panoramio
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Ir a las playas del pacífico vallecaucano es una travesía en lancha que inicia en el muelle turístico de Buenaventura. En las oficinas de las empresas de transporte marítimo ubicadas antes de ingresar al muelle se puede comprar el pasaje de ida y vuelta a Juanchaco, políticamente parte del Valle del Cauca, pero culturalmente más identificable con el Chocó que con cualquier otro departamento. Aquí el mar es negro, la arena es negra y la gente es negra. Y esa es su magia.

El recorrido hasta la cabaña donde nos darían posada se hizo con marea baja por la playa. Esta cabaña, conocida como Marimonte, fue construida por los integrantes de la fundación ‘Colombia en Hechos’, empleando la madera que el mar traía a la playa o la que otros desechaban en sus construcciones; ya están consiguiendo botellas plásticas para rellenarlas con bolsas que han recogido del mar, para que hagan las veces de ladrillos en las paredes que proyectan hacer usando la técnica de bahareque. La consigna de la casa es que la basura que no se bota.

La fundación también se preocupa por los habitantes de la zona, y ha optado por el surf como una opción de tiempo libre. Dentro de su papel social la fundación contrató un tallador de tablas de surf para que les enseñara a los lugareños la técnica, evitando así la compra de las costosas tablas de fibra de vidrio. El objetivo es integrar el estilo de vida del surf -con su misticismo por el mar- a la vida de los habitantes del pacífico colombiano. Grabadas en las tablas que ellos mismos han hecho se pueden ver los símbolos y la semiótica de la fundación, que emplea la sempiterna espiral como logo de la fundación, y la tortuga como animal guía, si se puede usar el término en este caso.

La cabaña ha sido habitada por investigadores y estudiantes de últimos semestres que llegan en trabajo de campo para sus proyectos; casi todos concuerdan que los primeros días son difíciles, pero una vez logran ingresar a la comunidad se forman relaciones profundas que se llevarán de por vida. Para los días en que pasé por Marimonte, el habitante de casa era el tío de uno de los integrantes de la fundación, un escritor y guionista que encontró en estas playas el lugar en dónde darle libertad a su pluma…. errr, teclado. A la fecha escribía una historia para teatro en la que usaba algunas leyendas de la región como eje central; en esta parte de la charla recordó que debía ir al ensayo de la obra, pero por cuenta del aguacero que caía decidió no ir. Algo debe tener esta tierra para que una persona del centro del país cambie tan drásticamente su concepción de las obligaciones. Acá el tiempo parece correr diferente. La gente lo tiene en tanta abundancia que nadie se molesta cuando lo pierden por cuenta de otra persona.

La leyenda principal sobre la que versa la obra que escribe Hector se llama La Tunda. La leyenda cuenta la historia de una niña desobediente que para evitar ser castigada huía al monte cada vez que sabía que había cometido un error. En una de estas correrías se fracturó una pierna, y al no poder salir de la jungla, la selva que la envolvía la convirtió en espíritu. La leyenda dice que cuando a alguien se le aparece La Tunda, esta se presenta en forma de una persona conocida, logrando internar al perdido cada vez más en la jungla. El término para las personas que han visto a este espíritu es entundado, término cuya descripción aun no me es clara, es como entre enajenado y dormido. Si la persona está entundada, los únicos que pueden sacarlo de la jungla son sus padrinos de bautizo, y una vez fuera de la jungla se deberá iniciar al proceso de desentundada, que los habitantes de la zona describen como la parte más complejo de todo el proceso, o como ellos mismos lo explican «e tóo un cuento la desentundá«.

La leyenda per se es interesante desde la perspectiva educativa, un cuento de hadas sin final feliz para enseñar al niño el valor de la obediencia, muy en sintonía con los cuentos de hadas europeos, eliminando cualquier adaptación de la empresa que usa por logo un ratón. Pero la historia va más allá de la leyenda. Hector mismo dice conocer personas de la zona que han sido desentundadas y que cataloga como fuentes de alta credibilidad. Algo de cierto debe haber en estas historias.

Uno de los momentos que más atesora Hector de sus prolongadas estancias en el litoral pacífico, son aquellos en que la naturaleza le regala algo de su belleza. Los cantos de las ranas, los pájaros, las noches estrelladas, el verde de la montaña, las mariposas de un azul intenso, los reptiles de colores fascinantes, los atardeceres sin tiempo. La lista se prolonga. Estos regalos aumentaron cuando Hector ya era parte de esta realidad y no un extraño en estas tierras. Sus primeros meses en Ladrilleros fueron difíciles, tanto que ni siquiera le respondían al saludo. Al parecer los locales son amigables con los turistas, pero manejan algo de distancia cuando se trata de alguien que parece dispuesto a quedarse por un tiempo más prolongado; su ingreso a la comunidad inició por una insolación de segundo grado que lo dejó incapacitado de brazo y mano por unas semanas. Pasadas las primeras semanas la gente comenzó a recomendar -tan solo de pasada y sin repetición- remedios caseros. Un día recibió la visita de uno de los habitantes, que llegó directamente a regañarlo por no cuidarse la mano, y al son del sermón fue aseando la casa, preparando comida, y saliendo en la misma forma en que entró: regañando. La gente de esta zona hace las cosas porque les nace de corazón. A la siguiente navidad, en un arrullo, que es la fiesta en la que cantan a Jesús en la cuna -aunque de arrullo no tiene nada- lo tomaron del hombro y lo integraron al cántico comunitario. El coro repetitivo se le subió a la cabeza y cuando amaneció sintió que ya no era ajeno a aquellas tierras. Ahora cada vez que vuelve a Bogotá le es difícil adaptarse de nuevo a las condiciones de vértigo de la ciudad.

Al tiempo que Hector contaba sus historias, María -una de las cantadoras de la población- entonaba una canción sobre el daño que le estamos haciendo al manglar. Los cantos de las negritudes son tristes y melancólicos, vienen del corazón de una raza cuyo futuro está negado por cuenta de una decisión que no les fue consultada.

Llegada la noche, mientras conciliaba el sueño en medio de la algarabía que es un nocturno del pacífico, identificaba los diferentes cantos de las ranas. Llegué a contar hasta 5 especies distintas. Al final abrí los ojos y encontré un techo tapizado por un constelación de cucuyos.

Nota aparte: Hector me explicó, desde su ángulo como guionista, la magia de Shakespeare. William describe en sus obras personajes con una psicología compleja, lo que hace que estos tengan una caracterización especial que los actores deberán plasmar al interpretarlos. Aparte de eso, Shakespeare ha sido uno de los pocos escritores que escribe con igual fluidez para sus tres lectores -director, actor y público-. Eso es lo bello de los espacios interesantes, son comunes a ellos las personas con quienes aprender algo nuevo. En esta oportunidad aprendí mucho más que tan solo sobre Shakespeare.

Un comentario para “Juanchaco y Ladrilleros”

  1. Cata dice:

    La magia del Pacífico.
    El encanto del descanso y el tiempo a favor.

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