Ráquira

octubre 13, 2007 Publicado en Viajes • Ver en Panoramio
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Hasta el momento todas las poblaciones por donde hemos pasado ya las había visitado alguna vez en mi infancia, pero Ráquira no estaba en mis recuerdos y era por lo tanto territorio desconocido. Para sorpresa mía encontré una población tan hermosa que podría decir fue la que más llamó mi atención del viaje.

Para llegar a Ráquira se debe tomar un desvío con respecto a la carretera que de Chiquinquirá conduce a Tunja. Durante el recorrido desde nuestra última parada había llovido buena parte del camino con tanta intensidad que llegué a preocuparme por la visita al pueblo, pero unos kilómetros antes del desvío la lluvia ya estaba amainando y al llegar a nuestro destino ya había escampado, aunque en realidad el aguacero venía detrás de nosotros y pronto llegaría a Ráquira.

Por el tamaño tan reducido de la población y la gran afluencia de turistas la entrada está bloqueada en una de sus calles y hay que ir unas cuadras más adelante para poder ingresar a la plaza. Continuamos el recorrido como nos había indicado el guarda de tránsito que estaba en el desvío y pasamos sobre un puente desde el cual se podía ver un paso peatonal un poco más abajo siguiendo el río; ante la vista de ese puente peatonal supe que me enamoraría de Ráquira, estaba tan bellamente intervenido por los mismos artesanos de la población que al verlo sentí la fascinación que este pueblo genera en todo el que ha caminado por sus calles. Una vez llegamos a la plaza tuvimos que girar a mano derecha para buscar un puesto donde parar, pero durante el paso fugaz por la plaza pude ver los almacenes de artesanías, que como una explosión de colores colmaban la plaza y las calles de la población.

Caminar por Ráquira es un placer a la vista por los colores, las texturas y las mismas artesanías. No se trata de aquellas que se ven por todas partes, en realidad son artesanías que tienen un verdadero uso más allá de lo decorativo. Lámparas hermosas en madera y tela, hamacas, pipas, percheros, anillos, elementos para colgar llaves, paragüeros, muñecas de colores, tejidos, ruanas y medias ruanas, chales, bufandas, molas y claro, las infaltables figuras pequeñas y decorativas, que dicho sea de paso no me gustan pues solo ocupan espacio. La gente es muy amable y las calles bullen con los turistas que van de un lado a otro, entrando en los almacenes y buscando entre tanta cosa que hay por ver.

Las calles aledañas al parque están siendo pavimentadas en lozas de piedra, lo cual me parece mucho más inteligente pues es más fácil para el transeúnte y para los carros pasar por este tipo de calles que por las empedradas que abundan en muchos centros históricos del país. Bien por Ráquira, así mantiene su identidad y mejora su aspecto sin afectar al turista, y es que al fin de cuentas esta población de artesanos vive del turismo, y para demostrarlo basta con decir que si bien no vi ni un cajero electrónico en el pueblo, comprar no sería problema, porque todos los almacenes grandes de artesanías aceptaban tarjetas de crédito, con lo cual impulsan el comercio y le dan más facilidad a los turistas para comprar.

Pero tal vez el hecho que más me sorprendió de la población fue la intervención que los mismos alfareros hicieron a la plaza; la fuente, estatuas y elementos del parque fueron desarrollados por los mismos artesanos; duendes, niños, hongos, arrieros con sus mulas y alfareros en sus hornos, todo -absolutamente todo- en cerámica, como si los mismos habitantes de la población hicieran del parque de Ráquira la sala de su casa y la decoraran a su gusto. Y como si esto fuera poco el puente peatonal que había comentado inicialmente posee elementos de alfarería colgados del techo, los zaguanes también tienen lámparas en cerámica y las casas están pintadas en colores vivos. Visitar Ráquira es encantador y no puedo describirles la felicidad que sentía al caminar por sus calles entre artesanías, hamacas y ruanas.

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