El parque del Gallineral

mayo 21, 2008 Publicado en Viajes • Ver en Panoramio
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Poco a poco fui despertando del profundo transe en el que había caído, producto de los esfuerzos del día anterior. Después de juntar ánimo me levanté de la cama y abrí la puerta del balcón que da hacia el río Fonce, que hoy amanecía tranquilo. Su inexorable paso había acompañado mi sueño toda la noche, siempre cadencioso.

Aun quedaba mucho tiempo hasta el inicio de las actividades del día así que decidí visitar el parque que se encuentra al lado de la oficina de los guías de rafting, el famoso parque del Gallineral.

La imagen común que se tiene del parque son las tillandisas que cuelgan de la mayoría de las ramas, como barbas que le nacieran a los árboles añejos, sabios, tranquilos. El recorrido por el parque lleva a sitios donde uno podría presumir que hay magia, las ardillas nunca se acostumbrarán a la presencia de los hombres pero miran con intriga como deseando saber si pueden compartir unos minutos con los visitantes. Algunos árboles llaman al descanso bajo su sombra, entretanto uno espera tumbado en el suelo a que pase el tiempo, y las ramas dejan colar un poco de azul del cielo entre sus hojas. Otros árboles parecen arrugados, con los nudos que han dejado los años de forcejeo con la vida. Algunos incitan a darles un abrazo, un impulso que no puedo explicar pero al que no pude resistirme.

En un lugar del recorrido se encuentra una playa del río Fonce, y aunque los rápidos parecen lejanos un letrero al borde del río dice que en ese lugar ya varias personas se han confiado más de lo debido y el río ha cobrado por su indolencia.

Otra de las imágenes más conocidas del Gallineral es el puente sobre la quebrada que baja por el parque. Del otro lado del puente encontré un camino que parecía extraído de un cuento de duendes, que daba curvas entre árboles y al final vuelve por donde inició. Justo en esa vuelta que da el camino para iniciar el retorno, un cucarrón me cerró el paso y jugamos por unos minutos, mientras sentía cómo el espacio me consumía.

De despedida volví a encontrarme con la ardilla, esta vez más arriesgada, tanto así que por unos instantes bajó de los árboles para compartir el suelo conmigo. Así es el parque del Gallineral, mágico para el que se deja maravillar, tranquilo para el que busca paz y hermoso para el que lo desea conocer.

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