El Cristo Rey de Belalcázar

enero 10, 2013 Publicado en Viajes • Ver en Panoramio
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Terminaban los años 1940, una década terrible para la humanidad. La segunda guerra era ya solo un mal recuerdo pero la pesadilla del conflicto permanecía fresca en la memoria colectiva y la paranoia de la guerra fría ya despuntaba en el horizonte; la muerte de Jorge Eliécer Gaitán precipitó a Colombia en los aciagos años de la violencia, otra página negra de la historia en la que disentir era causal de muerte, y las noticias de las guerrillas conservadoras y liberales corrían como un mal augurio. Tal parecía que las cosas no podían estar peor. Había que hacer algo para no hundirse en la desesperanza.

Alguien decide entonces elevar una plegaria en piedra pidiendo protección a los cielos en un alto cerca al cañón donde el río Cauca inicia su obstinado trasegar entre las montañas de Caldas, Risaralda y Antioquia. La idea había sido proyectada por el Pbro. Antonio José Valencia, quien propuso al maestro Antonio Palomino diseñar el boceto del Cristo Rey que sería construido en el alto del Oso cerca a Belalcazar. En 1948 se iniciaron las obras que durarían 6 años y que contarían con el apoyo de toda la comunidad en dinero, materiales y trabajo voluntario. El oro de las guacas1 desenterradas durante la remoción de tierras fue donado para la construcción de la estructura.

Cuando la obra estuvo concluida medía 45 mts desde su base, había que ascender 154 escalones para llegar a la parte más alta de la escultura, 7 toneladas de hierro estructuraban sus brazos y cerca de 1650 bultos de cemento habían sido empleados durante su construcción.

La escultura descansa sobre un pedestal de tres pisos. La planta baja está ocupada por la capilla, el acceso a la escultura se alcanza por el segundo piso y la tercer planta está rodeado por el mirador desde donde se divisa el cerro de Tatamá, los valles del Risaralda y del Cauca, y los nevados Santa Isabel, Cisne, Ruiz, Tolima y Quindío.

El ascenso a la cabeza del Cristo Rey se realiza por las escaleras en caracol que internamente recorren la escultura. Los pasillos estrechos y la tonalidad clara de sus paredes sin esquinas crean una sensación etérea al interior de toda la estructura; con cada metro que se gana en altura se pierde algo de espacio en amplitud, y al final la estrechez hace que el vértigo incrementa la sensación de irrealidad.

Llegar a la parte alta me fue imposible. El espacio para llegar a la cabeza es tan estrecho que nuevamente me confronté con un país que no ha sido pensado para personas altas. El poco espacio de los escalones comprometía toda mi atención para no caer escaleras abajo, así que con algo de pánico inicié el largo camino de bajada. De vez en vez detenía la marcha para mirar por las ventanas hacia el pueblo protegido por el abrazo del Cristo Rey.

Volví a encontrarme con el guía en la cafetería y pregunté por aquellos detalles menos formales que adornan la historia del monumento. Me dijo que estadísticamente la mayoría de los visitantes son de Pereira, luego de Armenia y Manizales, y por último de Antioquia. Danilo recordó la historia de una familia de Cali que por error tomó la ruta equivocada y llegaron hasta el alto del Oso; unos meses atrás habían visitado el Cristo Redentor de Corcovado en Brasil y nunca imaginaron que en Colombia podría haber una estructura similar.

Visitar al Cristo Rey de Belalcazar no hace parte de los planes turísticos que se ofrecen en el extranjero, pero los turistas internacionales visitan el monumento por recomendación de los administradores de las fincas y hoteles rurales donde se hospedan.

Mientras escuchaba a Danilo narrar sus historias la radio pasaba las noticias usuales, un secuestro en algún lado, varios muertos en otro enfrentamiento, guerras entre pandillas, un país en guerra civil, otro con ánimos de invadir en nombre de lo que según ellos es correcto y otro en donde la moral parece ir en contra de la humanidad. La más antigua de las fotos en la cafetería me llevó de nuevo a donde todo empezó.

Terminaban los años 1940, una década terrible para la humanidad. La segunda guerra era ya solo un mal recuerdo y la muerte de Jorge Eliécer Gaitán precipitaba a Colombia en los aciagos años de la violencia. Había que hacer algo para no hundirse en la desesperanza. Hace 60 años el mundo parecía que no podía estar peor, aunque visto con calma, las cosas parecen no haber cambiado mucho.

  1. Sepulcro de los antiguos indios, principalmente de Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, en que se encuentran a menudo objetos de valor.

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